martes, 27 de diciembre de 2016

        FELICES FIESTAS Y PRÓSPERO AÑO 2017


Chorizos y morcillas de la matanza de este año.


Hoy he probado las morcillas de la matanza y os aseguro que están exquisitas. Valió la pena el viaje en el que, además de departir con la gente, pudimos revivir la matanza, siguiendo los ritos de la infancia. Fueron un par de días intensos en los que incluso tuve tiempo de escaparme a los altos de Navalón a coger unos hongos. No hay nada como los níscalos, fruto salvaje de la tierra, con su aspecto carnoso y voluptuoso. De aroma y tonos inconfundibles, estas deliciosas setas son un placer en cualquier mesa. En Las Cuevas se aprecian sobremanera.
Allá, por los años sesenta del siglo pasado, mi abuelo Pedro, que había nacido cuando aún Cuba y Filipinas pertenecían a España, me llevó un día al monte de Abajo y me enseñó a buscar hongos, a distinguir los buenos de los malos y a no dejarme engañar por los falsos montoncitos que en el tiempo de otoño surgen por cualquier rincón del bosque.

Abuelo Pedro
Ingredientes de las patatas con hongos.


Leo en la página de la Asociación de Vecinos que este año se convoca la primera San Silvestre Covacha. Nos dicen que el recorrido será el de la Procesión, es decir, por las calles La Iglesia, Atocha, La Fuente, El Clavel, La Soledad, El Paraíso, El Calvario, Plaza, Entreplaza… Es necesario recordar que en este pueblo hubo grandes corredores de fondo que ganaron numerosos trofeos. Durante décadas se desató en el pueblo una auténtica pasión por las carreras. Los carreristas se preparaban por la noche o cuando había ocasión. Recuerdo cómo salían aquellos atletas rústicos tragados por la noche por la carretera del Villar y regresaban al cabo de una hora exhaustos. No dejaba de resultar extraña la práctica de este deporte en una pequeña sociedad rural de los años sesenta en la que no había nada más allá del mundo del trabajo.
Deseamos éxito a los organizadores de la I San Silvestre. La diversión está asegurada.

Estas fiestas de Navidad se han sobredimensionado por las numerosas tradiciones importadas de otras culturas. Antes eran fiestas de familia, sencillas y muy impregnadas por lo religioso. Uno recuerda bien la Misa de Gallo, la adoración del Niño y la contemplación del belén instalado cada año en la capilla de debajo del coro. Como anécdota diré que un año, siendo yo monaguillo, en plena Misa de Gallo, al llevar las vinajeras para la consagración, resulta que no había ni gota de vino en ellas. Entonces, recurrimos a un escondrijo que sólo el sacerdote conocía, en el que se encontraba un pequeño reservorio de vino, pero nada, la botella también estaba vacía. Hubo que detener la misa y cantar largos y anodinos himnos mientras la madre del preboste se acercaba a la casa curato a traer el valioso líquido.

Niño que se adora en la iglesia de Las Cuevas.


En aquel entonces, ya llegaban los turrones y los mazapanes, eso sí, con pocas variedades en el mercado. Hoy hay miles de sabores y de aspectos. Pero lo más genuino de las navidades de Cuevas eran las rosquillas y los mantecados. No había casa que se preciase en la que no se apañase una canastilla de rosquillas y otra de mantecados. Y era costumbre ofrecerlos a todo aquel que pisaba la casa por estos días, acompañados con una copita de anís, aguardiente, coñac... Por supuesto que había otros dulces, pero estos son el emblema de la repostería navideña de nuestro pueblo.


Mantecados al estilo de Las Cuevas.


Os deseamos a todos los que de una o de otra manera estáis vinculados al pueblo unas felices fiestas y un próspero año 2017.




jueves, 15 de diciembre de 2016



ROMANCE DE LA MATAZÓN


En el pueblo de Las Cuevas,
al dar las nueve el reloj,
el día diez de diciembre
comienza la matazón.

Aguerridos aldeanos
van en busca de la fiera,
le echan el gancho al pescuezo
-veinte manos la sujetan-.

Fulano coge una pata,
el otro agarra la seta,
la cerda da tarascadas,
pero es inútil, la cercan.

Toman la puerca en volandas
la ponen sobre la mesa
y luego de algunos cálculos
la puñalada le asestan.

El bicho da sacudidas
cabecea y patalea,
pero ni un solo chillido
acompaña a esta, su queja.

Una hacendosa mujer,
en este menester diestra,
recoge la sangre al punto
para evitar la madeja.

Hay quien hace fuego mientras
y quien prepara la mesa,
quien los bártulos dispone
para destazar la pieza.

La socarran con soplete
sin bajarla de la mesa.
Le raspan bien el pellejo
frotando con unas tejas.



Lavan la piel a conciencia,
las pezuñas le despegan,
la china queda limpísima
de los pies a la cabeza.

Llaman para el desayuno,
una vez limpia la bestia.
Hay chocolate caliente,
mantecaos y magdalena.

La gente se arremolina
alrededor de la mesa.
Se ve al personal contento,
como en un día de fiesta.

Luego se van para el cerdo,
sacan el alma y lo cuelgan,

le abren la panza y le extraen
las vísceras y las telas.

En recipiente curioso,
dispuesto sobre una hoguera,
comienzan a hervir muy lentas
judías para la cena.

Muchas mujeres se afanan
en las diversas tareas:
entran y salen veloces
de las antiguas escuelas.



Allá lavan el menudo,
acá los livianos dejan,
cogen la vejiga y hacen
una pelota con ella.

Echan a descuartizar
la gorrina pieza a pieza
y después pican las carnes
las especian y aderezan.

Para comer ponen gachas
a la manera de Cuenca,
el típico morteruelo
y unas chichejas muy buenas.

La tarde es febril y larga
en el local de la escuela:
se embuten morcón y tripas
mediante la embutidera.

Luego se va recogiendo
para disponer la cena:
judías, como hemos dicho,
apetitosas, de veras.

Se habla, ser ríe, se intima,
se cuentan mil historietas
de añoranzas de otros tiempos,
de matanzas de otras épocas.

Con deliciosos chorizos
y morcillas suculentas
enrollados en el palo
se da remate a la empresa.

Pero es justo agradecer
al personal que pelea
porque todos los demás
disfrutemos de esta fiesta.

Mención especial merecen
las mujeres que aconsejan,
pues guardan como un tesoro
los saberes de esta tierra.